Cita previa
Un cuento de Alejandro Hodge Hernández
Notando que había vuelto a respirar y que seguía entero, el archiduque Francisco Fernando parpadeó y levantó la mirada. El brillo, tan inmediato como poderoso, le obligó a volver a cerrar los ojos. Sumando una vez más el coraje necesario para confiar en su capacidad visual, poco a poco, abrió los ojos.
Nubes. Parpadeó. Sí, era cierto. Lo que veía eran nubes. Se quedó atónito. Su confusión y maravilla no eran producto del simple acto de ver las nubes, sino de la perspectiva desde la que las veía. Toda su vida había mirado las nubes desde el mismo punto de vista: de la tierra hacia el cielo, de abajo hacia arriba. Por primera vez en su vida, estaba mirando las nubes de frente. Aún más sorprendente, él se encontraba parado sobre una nube.
Tardó un rato en ubicarse. Al principio no entendía nada; no tenía ni idea de cómo había llegado a estar a la altura de las nubes y aún menos sabía cómo proceder. Haciendo un gran esfuerzo, Francisco Fernando recorrió su mente buscando algún recuerdo, alguna imagen, algún dato que le pudiera explicar su situación presente. Progresivamente, lo empezó a lograr.
Recordó que hubo una explosión, sí, una explosión al lado del auto. Había dirigido a su personal de seguridad a atender a un hombre herido. ¿Por qué había hecho eso? <<Bueno, por mi bondad, porque soy un hombre decente al que le importan los demás, claro>>, se respondió a sí mismo. Sin embargo, el siguiente recuerdo le hizo dudar de si esa había sido una decisión sabia.
Estaban volviendo de haber visitado a los heridos en el hospital. Habían doblado en una esquina, la esquina equivocada aparentemente, y cruzaron frente a una tienda de fiambres. Había ahí, sentado, un hombre, ¿no? Sí, un hombre, un hombre que se puso de pie al verlos. Se puso de pie, se subió al frente del auto, sacó una pistola de su bolsillo y… y…
En un instante, Francisco Fernando entendió todo. Lo habían asesinado. Estaba muerto. Se encontraba entre las nubes porque había ascendido al cielo. Al empezar a concientizarse de lo que significaba esta nueva realidad, el archiduque de repente se sintió débil y asustado; sintió temor al encontrarse apartado de su familia, de su mundo y de su gente. Se sentó en la nube e intentó aclarar su mente. Suspiró. Se puso a pensar en su siguiente paso. Quería distraerse, y tramar sus próximos movimientos era una forma bárbara de hacer justo eso.
Se encontraba solo; no había otra persona, ni ángel, ni fantasma, ni pájaro en su presencia. No sabía lo que tenía que hacer y su entorno deshabitado tampoco ayudaba. Igual, no se desesperó: tenía que haber una especie de clave o indicación. Solo era un tema de ubicarla. Se paró y empezó a mirar a su alrededor buscando una pista.
Después del tercer o cuarto intento de detectar alguna pista visual, Francisco Fernando vio algo que le dio un poco de esperanza. A su derecha, a la distancia y bastante lejos, el archiduque creyó ver lo que parecía ser un cartel. Decidió que su mejor opción era acercarse al supuesto cartel, con la esperanza de que de alguna manera le aclarara las cosas.
Llegando al objeto, el archiduque pudo confirmar que era un cartel. Alegre y con ganas de avanzar, Francisco Fernando dirigió la mirada hacia las letras descoloridas del cartel.
<<SALA DE INGRESOS RECIENTES… RECTO>>
Otra vez más, el archiduque se encontró en un estado de confusión. ¿Sala de ingresos recientes? ¿Eso qué sería? Tampoco ayudaba la indicación. ¿Recto? No entendía. No había nada recto. Solo nubes y más nubes. Sintió su frustración aumentando. Intentó aplastar la sensación; algo le decía que frustrarse en el cielo era pecado. Pero tampoco podía negar que su situación era menos que ideal. No tenía ni la más mínima idea de lo que tenía que hacer, nadie estaba para ayudarlo y la única pista que había encontrado hasta ahora parecía ser inútil. Suspiró y pensó: <<De todos modos, debo esforzarme un poco más. Puede ser que se trate de un problema de perspectiva. Si sigo esforzándome, puede ser que encuentre algo>>.
Con su decisión tomada, Francisco Fernando volvió a escanear el ambiente detalladamente. Tardó un buen rato, pero por fin se dio cuenta de que había una muy leve silueta con forma de puerta detrás del cartel. Se acercó y empujó.
Hubo un destello de luz, un ruido tremendo y una vibración inmensa. Francisco Fernando se sintió levantado y tirado por el aire. No veía nada; todo estaba oscuro. La sensación solo duró otro instante más, hasta que la luz reapareció y los pies del archiduque volvieron a estar firmemente plantados en una nube. Un tanto mareado, pero todavía de pie, Francisco Fernando abrió los ojos.
Estaba en una sala enorme llena de gente. Sintió alivio. Tenía que ser la sala de ingresos recientes. Había llegado; tenía motivo para estar feliz. Dicho eso, necesitaba orientarse para poder determinar mejor su situación.
Observando la sala, Francisco Fernando vio que había unas diez ventanillas, cinco en cada extremo, donde se realizaba lo que únicamente se podría describir como trámites. En cada ventanilla estaba sentado un ángel que trabajaba de funcionario. En medio de la sala había cientos de sillas metálicas. Varios de los asientos estaban dañados de una forma u otra y todos tenían pinta de ser incómodos. Las personas sentadas en las sillas parecían que con cada segundo perdían ganas de seguir con la vida después de la muerte. Altavoces monótonos llamaban números a ventanillas. Con cada número, individuos se paraban y se dirigían hacia las ventanillas indicadas. Los que estaban de pie caminaban con la andadura de un zombi. El ambiente parecía chupar toda la felicidad de los presentes.
Nerviosismo volvió a apoderarse del archiduque. ¿Trámites? ¿Podría ser? ¿Para asegurarse su lugar en el cielo tendría que hacer trámites? Si no, no entendía la finalidad de la sala. Sin duda ninguna, lo que ocurría ahí eran trámites. Tenía sentido, de cierta forma. Cada día fallecían docenas de miles de personas. Hacía falta alguna forma de procesarlos a todos, ¿no? Igual, quería estar seguro; necesitaba preguntarle a alguien.
Un hombre muy anciano, pálido, con un rostro que era más propio de un fantasma que de un ser humano, pasó por delante del archiduque. Decidió aprovechar el momento.
—Perdone, señor, ¿sería posible que usted me explique cómo es el procedimiento acá? Gracias.
Sin mirarlo a los ojos, el anciano respondió:
—Hay que hacer los trámites. Todos tienen que hacer los trámites. No hay cómo evitarlos. Uno empieza el proceso ahí.
El anciano indicó un dispensador de fichas a lo lejos. El archiduque le agradeció por el dato, pero todavía tenía una pregunta más.
—¿Qué papeles hay que tener para que le acepten el ingreso?
—Hijo mío, usted justo ha llegado. Este proceso es eterno. Eterno.
Incomodado por la respuesta inesperada, Francisco Fernando tardó un rato en responder, y el anciano aprovechó el segundo de silencio para fugarse. Otra vez solo y bastante confundido, el archiduque avanzó hacia el dispensador de fichas.
Había una cola extensa y tan mal ordenada que no sería gran sorpresa si resultara que nadie supiera quién estaba a cargo de su organización. Era una de esas colas interminables donde algunos van sentados en el piso, reservando su espacio e intentando reducir la miseria de la experiencia, y otros, los parados, estiran las extremidades en formas raras, en parte para evitar que se les corte la circulación y en parte para aliviar el aburrimiento.
Pasaron lo que parecían ser horas, aunque el archiduque no estaba seguro de si donde se encontraba existía el tiempo. De todos modos, sentía que eran horas y, con todo lo raro que había visto y experimentado hasta ahora, lo único en lo que confiaba era en lo que sentía.
Eventualmente, llegó el turno de Francisco Fernando. Tomó una ficha de la máquina y buscó un asiento, pensando que, por la experiencia que había tenido hasta ahora, lo más probable era que fuera a tener una espera larga hasta que llamaran su ficha.
Tenía razón: otra vez más pasó una infinitud sentado, esperando que lo llamaran. Justo cuando estaba a punto de rendirse totalmente, llamaron su número y le pidieron proceder a la ventanilla dos. Se levantó lo más rápido que pudo y se dirigió a la ventanilla. Sentado detrás del separador de cristal, había un ángel que llevaba una expresión bastante amarga. Queriendo tener la mejor experiencia posible, el archiduque empezó con un tono cordial y respetuoso.
—Buenas tardes.
El ángel respondió con un tono aburrido y sin emoción.
—Buenas tardes. ¿Usted tiene cita previa?
Francisco Fernando frunció el ceño.
—¿Cita previa? Perdón, es que recién me morí. No entiendo todo exa—
El ángel lo interrumpió.
—Sí. ¿Antes de morir, usted reservó una cita con la Agencia de Ingresos al Cielo?
—Lo siento, es que no entiendo. ¿Cómo podría haber reservado una cita previa antes de morir? Si no tenía ni idea de que—
El ángel lo volvió a interrumpir. Le dio una mirada impaciente, como si todo fuera bastante obvio.
—Señor, si usted no tiene cita previa, tiene que llenar este formulario y entregarlo en la ventanilla B-5.
El ángel le entregó un par de papeles engrampados.
—Es que no entiendo. ¿Cómo hubiera—
—La ventanilla B-5. Tenga un buen día.
Confundido, frustrado y un poco enojado, el archiduque volvió al centro de la sala. ¿Qué sentido tenía eso de la cita previa? Nadie le había indicado nada parecido antes de morir. ¿Para qué servía, si igual tenían que procesar a todos? Estaba un poco exasperado.
Sumando desgracias, tardó un montón en encontrar la ubicación de la ventanilla B-5. Resultaba que se hallaba en una segunda planta solo accesible por una escalera invisible al ojo humano. Naturalmente, localizar una escalera invisible era bastante complicado. Preguntar por la ubicación era inútil porque nadie estaba de acuerdo en dónde se encontraba. Al final, se decidió por dar mil vueltas al lugar, con la esperanza de tropezarse con la escalera en algún momento.
Cuando finalmente encontró la escalera y subió, se encontró con otra imagen desagradable. Había una cola prolongada frente a la ventanilla B-5. Tendría que esperar otra perennidad más. Intentó tranquilizarse, convenciéndose de que podría aprovechar la cola para llenar su formulario.
Francisco Fernando aguantó y eventualmente llegó a estar frente a la ventanilla. Consciente de que su frustración probablemente no lo ayudaría en ese instante, intentó sonar sereno.
—Buen día, me han mandado desde el primer piso. Me dijeron que tengo que reservar acá una cita para iniciar los trámites.
El archiduque alzó el formulario para que el ángel lo pudiera ver. La respuesta fue rápida.
—Eso no se hace acá.
Le costó creer lo que había escuchado.
—No entiendo. Me dijeron que este trámite se realiza en la ventanilla B-5.
—Sí, eso es cierto.
—Entonces no entiendo.
—Señor, esta no es la ventanilla B-5.
Incrédulo, Francisco Fernando miró el letrero que estaba colgado en el cristal de la ventanilla. Decía <<B-5>>.
—Lo siento, no entiendo. ¿Cómo puede ser eso? Si acá dice <<B-5>>.
—Han movido la ventanilla B-5 al tercer piso.
Pensando que quizá el burócrata no lo había escuchado correctamente, Francisco Fernando reiteró:
—El letrero indica que esta es la ventanilla B-5.
Para énfasis inútil, el archiduque señaló el pequeño letrero.
—Señor, no se puede confiar en los carteles. La ventanilla B-5 se ha movido al tercer piso.
Dándose cuenta de que la lucha era en vano, Francisco Fernando retrocedió. Ahora, aunque intentaba esconderlo, estaba lleno de rencor.
<<¿Pero tan ineptos podrían ser? ¿Ni siquiera pueden poner un cartel que sirva? Me gustaría mandarlos a todos a la mie…>>
Cortó su propio pensamiento. No servía dejarse llevar por la furia y la frustración. Tendría que persistir de una forma u otra.
Encontró la escalera y subió al tercer piso. Al llegar, como esperaba, se encontró con otra cola enorme. Cuando le tocó su turno, entregó el formulario y el ángel lo tomó y empezó a revisarlo sin hacer comentario alguno. Esto levantó un poco el ánimo del archiduque; esta vez sí debía estar en el lugar correcto, porque si no, el ángel ya lo habría rechazado.
El optimismo de Francisco Fernando resultó estar mal ubicado. Algo en la complexión del ángel había cambiado; ya no portaba una cara de aburrimiento y malhumor profundo: había algo diferente. Francisco Fernando creyó detectar una pequeña sonrisa. No una sonrisa buena, sino una de esas sonrisas malignas que portan las personas que viven del sufrimiento de los otros.
El ángel se aclaró la garganta y, sin levantar la mirada, procedió a interrogar al archiduque sobre su posición en la monarquía, su rol en el imperialismo austrohúngaro y sus viajes de caza, tanto exóticos como mundanos. Después de recibir cada respuesta, el ángel hacía apuntes en un pequeño cuaderno. Con cada apunte, el archiduque se ponía más nervioso. No sabía qué significancia tenían los apuntes, pero los tomó como un mal presagio.
Al terminar el interrogatorio, el ángel volvió a aclararse la garganta y le dio las inevitables malas noticias.
—Antes de que usted pueda iniciar el proceso, tiene que aclarar unos temas pendientes.
El archiduque respondió con la paciencia medio agotada.
—¿Temas pendientes?
Como ya le habían hecho mil veces, el ángel le echó esa mirada que parecía decir <<un nene de cuatro años entendería esto>>.
—Según los indicios que tengo acá, usted es parte de la realeza reaccionaria, imperialista y cazador excesivo. Usted tiene que resolver estos pecados y obtener una exención para cada uno.
El archiduque no alcanzó a responder. Antes de poder formar las palabras, el ángel le dijo <<tenga un buen día>> —una frase que Francisco Fernando ya había aprendido que indicaba el fin del asunto— y le entregó un panfleto que explicaba adónde tenía que ir para resolver cada pecado.
Será porque ya andaba mentalizado en el fracaso, o será porque en el mundo en el que trotaba así esa era la orden natural; nadie puede estar seguro. Pero lo que sí era innegable es que el proceso de exención era un embole.
Al principio parecía que la tarea era relativamente simple: un tanto molesta, pero manejable. Solo eran tres trámites, ¿no? Esa ilusión se evaporó casi de inmediato en la primera de las oficinas, la Oficina de Amnistía por Realeza Reaccionaria. En dicha oficina le informaron al archiduque que, para tramitar su exención por el pecado de realeza reaccionaria, necesitaba obtener primero las exenciones por privilegio hereditario elitista, aristocracia, riqueza ilícita, riqueza ilegítima, autoritarismo y abuso de servidumbre, cuyos trámites se debían realizar en oficinas distintas y con cita previa.
Pronto, el archiduque descubrió que cada una de esas oficinas también requería dos o tres pasos previos, cosa que hizo que el “primer paso” terminara siendo, en realidad, diecisiete pasos distintos.
Peor aún fue la experiencia en la Oficina de Indultos por el Imperialismo, donde, tras llegar y esperar en una cola larga, el archiduque fue informado de que dicha oficina ya no se encargaba directamente de casos como el suyo y que, en realidad, debía dirigirse a la Oficina de Regularización de Culpables de Imperialismo.
Al llegar a esa oficina, le informaron que se habían equivocado en la anterior y que sí era allí donde se encargaban de casos como el suyo. Después de volver y explicar lo que le habían dicho en la segunda oficina, los ángeles de la primera oficina por fin aceptaron su caso, pero no antes de culpar a Francisco Fernando y darle esa mirada condescendiente que ya conocía demasiado bien.
Para colmo, como en la Oficina de Amnistía por Realeza, lo mandaron a cinco o seis oficinas más, que sucesivamente lo mandaron a dos o tres oficinas adicionales, con el pretexto de que era un paso necesario para satisfacer los requerimientos obligatorios para tramitar su exención.
Pese al horror que habían sido las experiencias previas, si hubiera un monumento para reconocer la exención que más hizo sufrir al archiduque, sería la de caza excesiva. La pesadilla se inició de inmediato: tan solo al llegar al pasillo donde se situaba la Oficina de Regularización de Caza Excesiva, el archiduque ya podía escuchar los gritos de una muchedumbre enfurecida.
Abrió la puerta con un leve sentimiento de terror, no sabiendo qué esperar. Lo que vio provocó que su corazón se desinflara, dejando escapar, como aire fugaz, las pocas esperanzas que todavía mantenía. Era un despelote de categoría. Las personas estaban amontonadas, aún más aplastadas y presionadas que en La Meca durante el hach. Gritaban toda clase de vociferaciones: reclamos por la falta de atención, demandas de que cerraran la puerta con llave para que no entrara nadie más, auxilios pidiendo que dejaran entrar más aire, quejas por las demoras eternas, los carteles inútiles y las instrucciones confusas, y hasta exabruptos en los que lanzaban amenazas e insultos creativos y profanos hacia el personal.
Al parecer, el quilombo se había armado cuando “el sistema” se cayó. Las preguntas del archiduque no lo ayudaron a entender la situación. <<¿Qué es el sistema?>>: nadie tenía respuesta. <<¿Qué hace el sistema?>> y <<¿Cómo funciona el sistema?>>: tampoco. “El sistema” era una fuerza mística, una energía oscura y todopoderosa. Lo único que todos sabían era que sin “el sistema” no se podía lograr nada y que existiría un estado de anarquía hasta que dicho “sistema” volviera a funcionar. Mientras tanto, lo único que quedaba era sobrevivir, algo comparable a uno de esos cuentos posapocalípticos en los que los personajes solo siguen intentando sobrevivir por la promesa de que las cosas estarán mejor en otro lado.
El sistema tardó un eón en reiniciar. Cuando por fin volvió a funcionar, ya se había acumulado tanto retraso que Francisco Fernando tuvo que esperar un período de tiempo imbancable para su turno.
Su turno resultó ser bastante parecido a los anteriores: lo mandaron a una experiencia tediosa para poder cumplir con los requisitos, pero pudo lograrlo todo con un poco de paciencia.
Sintiendo alegría por primera vez en un tiempo indefinible, el archiduque volvió a la ventanilla B-5 para entregar sus documentos. Esta vez no le molestaron la cola ni la espera larga que implicaba; estaba demasiado feliz como para dejar que algo a lo que ya se había acostumbrado lo irritara.
Fue aún mejor la sensación de alegría un rato después, cuando el archiduque logró entregar toda su documentación con éxito y sin más obstáculos por parte del ángel-funcionario. Tenía todos los documentos aprobados y su cita previa fija para volver a la primera sala e iniciar el proceso de ingreso formalmente. Llevaba la plétora de documentos sellados que había coleccionado durante el arduo proceso de normalización como un trofeo. Su alegría revoloteaba dentro de su pecho, generando confianza y anticipación.
Francisco Fernando se presentó frente a la ventanilla dos, listo para seguir avanzando. Había esperado un largo rato con su ficha y casi corrió a la ventanilla cuando lo llamaron, tales eran sus ganas de presentar toda su documentación. A diferencia de tantas veces en las que había intuido que lo iban a rechazar, esta vez sentía lo opuesto. Sentía que era su momento. Había sufrido, sin dudas, pero ahora tendría su oportunidad de cobrar lo que era suyo, reivindicar su sufrimiento y empezar su jubilación de la vida merecidamente.
Explicó con gran detalle su situación, enfatizando cada proceso por el cual había pasado y demostrando que tenía sus documentos en orden. No quería que hubiera errores ni malinterpretaciones. Era consciente de que el funcionario, seguro tan malhumorado como los anteriores, estaría predispuesto a rechazarlo en el segundo en que se presentara frente a la ventanilla, probablemente utilizando algún requisito oculto como pretexto. En el momento en que ocurriera eso, le diría un <<tenga un buen día>> y dejaría de darle bola incluso antes de que pudiera probar que había cumplido con el requisito.
Por eso, al archiduque le parecía importante demostrar, desde el inicio, que todo estaba en orden antes de que el ángel le pudiera realizar ni una sola pregunta. Por la reacción inicial del ángel, creyó que su estrategia había sido un éxito. El ángel portaba una expresión seria, inexpresiva, que no demostraba ni la menor indicación de que algo estuviera fuera de orden.
Al terminar de revisar toda la documentación presentada, el ángel dirigió la mirada hacia el archiduque y habló:
—Toda su documentación está en orden. Ha cumplido con los requisitos necesarios para obtener su ingreso.
Radiante, el archiduque empezó a agradecer copiosamente al ángel. Le agradeció por parte de él, por parte de su familia, por parte de sus amigos, por parte de su nación y por parte de cualquier grupo de individuos mínimamente interesados en su destino. Hubiera continuado así si el ángel no lo hubiera interrumpido.
—¿Usted tiene las copias legalizadas?
Todo el color se borró del rostro de Francisco Fernando.
—¿Copias legalizadas?
—Sí, claro. ¿Usted tiene las cuatro copias legalizadas de cada uno de sus documentos? Es necesario para tramitar el ingreso.
El estómago del archiduque se hizo un nudo. La confianza que tenía antes estaba a punto de desaparecer.
—Nadie me dijo nada sobre copias legalizadas.
El ángel ahora portaba una sonrisa. Se estaba divirtiendo.
—Hace falta tener cuatro copias legalizadas de cada documento oficial. Para obtener una copia legalizada de un documento, hay que ir a la oficina notarial relevante para cada documento y pedir la legalización. Ojo: hay que ir con cita previa para la revisión inicial; ahí le van a explicar los requisitos individualizados para legalizar dicho documento. Hay que cumplir con todos los requisitos que le pidan y volver para la segunda revisión, también con cita previa. En la segunda revisión van a verificar si todo está en orden y, si todo está como Dios manda, le van a otorgar la legalización de la copia. Hay que hacer este proceso para cada documento individualmente y hay que…
El archiduque había dejado de escuchar. Se sentía a punto de desvanecerse; no podía hablar y no podía respirar. En su mente solo había un pensamiento, una frase:
<<Este proceso es eterno, eterno, eterno, eterno…>>
Sobre el autor
Alejandro es el jefe de redacción de Lurking Llamas Review y fundador de Lurking Llamas Press. Trabaja tanto en ficción como en no ficción, escribiendo cuentos, novelas y ensayos. Su obra literaria puede encontrarse en Lurking Llamas Review, así como en varios libros publicados por Lurking Llamas Press.
Además de su trabajo literario, Alejandro también se especializa en relaciones internacionales y ciencia política, con énfasis en América Latina. Dirige otra publicación en Substack llamada North/Sur, enfocada en relaciones internacionales y ciencia política.



