Sendero violeta
Un cuento de Alejandro Hodge Hernández
¿Alguna vez viviste una noche estrellada en la selva? ¿La escuchaste? La magia. La música. La vida. La oscuridad revela un pulso, un ritmo, una vibra inmensa, natural y hermosa. Nuestros oídos lo oyen; nuestro corazón lo escucha. La vida produce la música. Seguí el latido de la música y llegarás a la magia. Siempre.
El joven no recordaba cuánto tiempo llevaba perdido. Tampoco le interesaba mucho recordarlo. Si se ponía a pensar, sentía que había estado ahí una eternidad. De manera simultánea, sentía que el tiempo pasaba rápido. Muy rápido. Esto le confundía, y esa confusión le llevaba a un sentido de pérdida. No conocía el origen de ese sentimiento, no sabía qué era lo que había perdido ni lo que le faltaba, solo que no le gustaba sentirse así. Por lo tanto, evitaba pensar. No escuchaba, no miraba, no tocaba, y si respiraba era solo porque alguna parte inconsciente de su cerebro se lo rogaba a sus pulmones. Sobrevivía. Eso era todo.
Cada noche tenía el mismo ritual. Primero, esperaba que cayera el sol, dado que no toleraba el calor sofocante del día. Más tarde, ya con la oscuridad de la noche fija en su lugar, salía caminando hasta encontrar alimento. Siempre comía en el lugar donde conseguía el sustento. Después, ya con los nutrientes suficientes para sobrevivir al día siguiente, volvía. Desde que se había perdido en la selva, pasaba todos los días durmiendo en el mismo lugar.
Su ritual solo se alteraba en un solo detalle: la distancia. La selva no se reponía. En cuanto se nutría de algún recurso —la fruta de un árbol, las nueces de un arbusto, el agua de un charco— la fuente de ese recurso dejaba de producir. El árbol se pudría, el arbusto se marchitaba, el charco se secaba. En consecuencia, el joven no tenía más remedio que caminar cada vez más lejos, noche tras noche.
Una de esas noches, el joven, ya casi al límite por la distancia que había marchado, vio un árbol cuya rama más larga y alta tenía una fruta. Era la única fruta que tenía el árbol. Reconociendo que era su única opción para comer, sumó fuerzas y trepó al árbol. Al llegar a la rama, se dio cuenta de que no estaba solo. En el extremo de la rama había un pequeño mono, sentado, alternando miradas entre él y la fruta. Dándose cuenta demasiado tarde de lo que estaba a punto de ocurrir, el joven estiró el brazo para agarrar la fruta, pero no logró alcanzarla a tiempo. En ese instante, el mono, que también había reconocido la situación desafortunada, corrió a toda velocidad hacia la fruta. Ganó el mono.
El joven, impulsado por el hambre, decidió perseguir al mono. Extendió el otro brazo, perdió el equilibrio y cayó del árbol. Chocó con fuerza contra el suelo de la selva y se desmayó al instante.
Despertó aturdido, desconcertado y sin el más mínimo sentido de cuánto tiempo había pasado. Parpadeó. Seguía de noche. Estaba echado boca arriba en el suelo. Poco a poco, los ojos del joven se iban acostumbrando a la oscuridad. Las ramas del árbol empezaron a tomar forma ante su vista. Recordó que había caído y pronto recordó por qué había caído. Maldito mono. ¿Ahora qué? Le sorprendió su propia pregunta. No recordaba la última vez que había preguntado algo a sí mismo. Preguntar significaba pensar. Responder significaba escuchar. No había hecho ninguna de las dos cosas en un tiempo ya indeterminable.
Pronto hizo otra cosa que no había hecho en mucho tiempo. Tomó una decisión. No una decisión automática —de eso vivía— sino una decisión deliberada; una decisión propia. Eligió dejarse preguntar, pensar, escuchar y responder. Había estado en autopiloto tanto tiempo que no estaba seguro de si podía o no lograrlo, pero estaba determinado a intentarlo.
Volvió la pregunta. ¿Ahora qué? Escuchó la pregunta. Escuchó para saber lo que significaba. No estaba seguro. ¿Ahora qué, qué? Su mejor suposición fue que la pregunta le estaba pidiendo un plan. Cómo proceder. ¿Qué seguía? No qué seguía inmediatamente —qué iba a comer, dónde iba a tomar agua— sino que preguntaba algo más profundo. Más que preguntar, cuestionaba. ¿Qué hacía en la selva? ¿Tenía futuro? ¿Tenía pasado? Peor, ¿tenía presente? ¿Tenía respuestas? No, no las tenía. Eran demasiadas preguntas. Había vivido una eternidad sin preguntar, sin cuestionar; ahora, estar confrontado con tantas preguntas simultáneas le estaba dando un dolor de cabeza.
Dolor. Otra cosa que no había sentido en mucho tiempo. Todo el dolor le inundó de golpe. La columna, las piernas, los brazos, el cráneo; todo se revolcaba en el dolor de la caída. Su panza ardió de hambre; su garganta, de sed. El dolor era algo extraño, algo ajeno. Quería retorcerse, pero no podía. Intentó pensar. Tenía que haber una solución, una manera de aliviar el dolor. No se le ocurrió nada. Otra vez, no tenía respuestas. Pensó en rendirse. Era tentador. Si se rindiera, el dolor acabaría, ¿no? Otra pregunta. Pero esta vez acompañada de una respuesta: no.
Sintió un calor recorriéndole los huesos. El calor se acumuló en su cabeza e ingresó en su mente. Si no tenés vos la respuesta, escuchá y la encontrarás. Claridad. El instante previo lo estaba hundiendo, ahogando; ahora respiraba y creía saber nadar. Cerró los ojos, relajó su cuerpo y escuchó.
La selva es una comunidad de centenares de millones de seres vivos. Cada uno es un individuo distinto, una vida única; pero todos laten con el mismo corazón.
pum-pum-pum-pum-pum-pum-pum-pum
El joven lo escuchaba. El sonido era débil. Débil, pero constante. Constante y real. pum. Olvidó el dolor. Respiró profundamente. Su enfoque era total. Quería escuchar. Necesitaba escuchar. pum-pum. El sonido era monótono, inmutable y distante. Bello. Hermoso. Palabras que había olvidado.
Sus pensamientos derivaron hacia su imaginación. En su mente nacían imágenes fugaces, borrosas, indescifrables. Todas parecían moverse en la misma dirección, pero fallaban en tomar forma. Detrás de estas imágenes fantasma había una figura. ¿Qué era? No tenía idea. Empezó a desesperarse; en esa figura negada estaba su respuesta. No quería perderla; no sin haberla visto, sin haber formado una memoria, una imagen propia. Le volvió la pregunta: ¿Ahora qué? Pero esta vez urgente, inmediata. ¿Ahora qué? pum-pum-pum Sintió el calor y escuchó. Las respuestas no aparecen; se buscan.
Cautelosamente —por sus heridas— se puso de pie. Se dio vuelta y miró hacia la distancia. Ahí había algo. Un color. Cerca. Un resplandor violeta. Se dirigió en esa dirección.
No tardó mucho en llegar. Había llegado a la orilla de un río brumoso. Desde ese punto de la orilla hasta donde alcanzaba su vista, y seguro más allá aún, el río estaba iluminado por el mismo resplandor violeta. Frente a él, atracado en la orilla, había un pequeño barco de madera con una capa de pintura blanca, vieja, gastada y descascarada. Adentro, había un remo. No había salvavidas.
Remó con tranquilidad. Lo único que sabía era que no había prisa. El agua estaba clara y pacífica. Por efecto del resplandor que colgaba en el aire, el río parecía estar teñido de violeta. La transparencia era tal que podía ver los peces y delfines nadando, siguiendo la corriente junto a él. Acompañándolo había dos caimanes negros, uno a cada lado, y ambos más largos que su barco. No les tenía miedo. Algo le decía que los caimanes eran sus amigos. Sus escoltas.
pum-pum-pum-pum. Otra vez imágenes crípticas se formaban en su mente. Revoloteaban, líneas intentando conectarse, intentando unirse en forma de algo. Esta vez el joven pudo ver con claridad que la forma, la figura que intentaban formar, era la de un ser vivo; no sabía si era un ser de este mundo u otro, pero supo que vivía. Se estaba acercando.
No tuvo que esperar mucho más. Enfrente, a menos de cien metros, había un muelle pequeño de madera, cubierto con la misma capa de pintura blanca, vieja, gastada y descascarada que tenía su barco. Parado en la orilla, antes del muelle, había un yaguareté. A su alrededor había un brillo de un color oro amarillento. Iluminaba la noche como un faro. Esperaba al joven con paciencia.
El joven guió el barco hacia el muelle. Al llegar, los dos caimanes subieron a la orilla y se echaron en la vegetación. Dudó en salir del barco. Cerró los ojos y respiró. pum-pum-pum-pum-pum. Otra vez el calor se derramó por su cuerpo entero. Ser valiente no se trata de jamás dudar; es tener el coraje para buscar el camino pese a todas las dudas. Exhaló y subió al muelle. Al bajarse del barco se dio cuenta de que enfrente, justo donde empezaba el bosque, había un sendero que brillaba con el mismo color violeta del río.
Los ojos del yaguareté se encontraron con los suyos. El joven, entendiendo la mirada, asintió con la cabeza. El yaguareté dio la vuelta y se puso en marcha. Los caimanes no se movieron de la orilla. Habían acompañado al joven hasta ahí, y ahora le tocaba dar sus próximos pasos sin ellos. Despidiéndose de sus guardianes con una pequeña reverencia, el joven giró y siguió al yaguareté. pum-pum-pum-pum-pum-pum-pum.
Avanzaron por el sendero a un ritmo desigual. Había sectores del camino en los que corrían un riesgo tan tremendo que el joven podría haber sido convencido de que fueron diseñados con la única intención de acabar con el viajero. Se encontraron con arena movediza, cruzaron ríos llenos de pirañas y superaron lluvias torrenciales que amenazaban con arrastrarlos a las profundidades del bosque, donde vivían pumas hambrientos y serpientes venenosas. En repetidas ocasiones apenas sobrevivieron, y casi siempre gracias a las decisiones del sabio yaguareté. En esos momentos duros, el joven cuestionaba cuánto más podía durar.
Pero el sendero también tenía su encanto, sus momentos divinos y magníficos. Pasaron por lagunas llenas de tortugas hermosas, orillas de ríos donde andaban carpinchos simpáticos y amigables, e innumerables flores preciosas. Frente a esas bellas imágenes y a la maravilla de la vida selvática, las dudas del joven se evaporaban, reemplazadas por un profundo agradecimiento por estar vivo y por ser parte de este mundo.
Con el tiempo, dejó de cuestionar lo que estaba viendo. Creía en el viaje: el camino violeta que tenía delante era suyo; mientras lo caminara, mientras lo encontrara por sí mismo, sería suyo. Tan pronto como reconoció esta verdad, sintió el calor volver. Las imágenes volvieron a nadar por su mente, pero esta vez con certeza, confianza en que iban a llegar a su figura final. La figura tomó la forma de una silueta, borrosa, sombría, solo reconocible como una figura humana. Una persona. El joven supo entonces que al final de su camino le esperaba la figura de una persona. Esa figura tendría su respuesta.
Llegaron a un abra en el bosque. El joven sintió un cambio en el aire, una liviandad que no había sentido en años. El resplandor violeta salía del bosque hacia el abra. Tomó un primer paso hacia el abra y se detuvo. El yaguareté se quedó quieto. Había llegado el momento de partir. Solo él podía proceder. Sintió un nudo formarse en la garganta. Suspiró. No quería separarse de su amigo. Estaba profundamente agradecido con el gran felino. Sin su ayuda jamás hubiera podido ir tan lejos como había logrado. No quería estar solo. Pero en su corazón supo la verdad. Los amigos nos nutren el alma, nos dan fuerza para seguir la lucha y razón para disfrutar de la vida, pero en cada camino llega un momento en el que tenemos que definirnos; eso solo lo podemos hacer nosotros.
Con los ojos húmedos y una sonrisa forzada, el joven se despidió del yaguareté. Caminó mirando a sus pies; el suelo era irregular, lleno de baches y charcos. Caminó decidido, olvidando su cansancio y su hambre. Caminó pensando, ocupado en su mente, lleno de dudas, preguntas y ansiedades. Caminó porque era lo único que le quedaba; este camino era su misión, su propósito y su fin. Hasta cierto punto no importaba si no había nada al final; buscaba una respuesta, quería una respuesta, caminaba para llegar a esa respuesta, pero si no lograba encontrarla igual estaría en paz. La odisea en sí era ya un cierto logro.
pum-pum-pum-pum-pum-pum-pum-pum. Levantó la mirada. Estaba al pie de un gran templo. La inmensa estructura tenía una forma trapezoidal, con cada fachada con una escalinata central. Enredaderas cubrían gran parte de su superficie, lo cual hacía que pareciera estar construida con una piedra tan negra como la noche misma. En su cima había un templete cuadrado, parcialmente oculto de vista por una niebla blanca. Ahí le esperaba su figura, su calor.
Subió.
Las gradas eran empinadas. Cada paso era un esfuerzo. Cada paso amenazaba con ser su último. Su cuerpo estaba a punto de colapsar, de un desgaste total. Ardía todo. Dolores agudos recorrían su cuerpo como relámpagos. Su mirada ya no se posaba en sus piernas ni en lo que había adelante, sino que parecía mirar desde arriba. Estaba afuera, flotando encima de la masa flacucha de huesos y piel que era su cuerpo. Susurraba a su cuerpo y a su propia mente. Compartía amor, orgullo y apoyo. Se prometió un abrazo al llegar a la cima.
Pum-pum-pum-pum-pum-pum-pum-pum-pum-pum-pum. Había colapsado al llegar a la cima. Seguía consciente, pero con apenas fuerza para asomar la cabeza. Sintió que no había urgencia. Suspiró. El piso, de piedra negra, estaba frío y resultaba refrescante. El dolor pulsaba por todo su cuerpo. Pronto recordó la promesa que se había hecho a sí mismo. Todo movimiento dolía, pero igual sumó fuerzas y se abrazó a sí mismo.
Y todo cambió.
Ahí estaba la figura, ya no era una silueta, sino un ser entero. Seguía echado, pero ya no sentía frío. Dolor sí, pero ya no era abrumador. Levantó la mirada hacia la figura. La primera cosa que notó el joven eran los ojos. Hermosos y algo cansados, pero iluminados con lo que capaz era esperanza.
Se levantó. Ahora estaban cara a cara. Era una mujer bella, presente y real. Por la primera vez en un tiempo indefinible, el joven habló.
—Te extraño.
No esperaba una respuesta, pero la recibió.
—También te he extrañado. Hace tanto que no te veo, tu versión auténtica, tu sonrisa.
—Estoy perdido. No sé dónde estoy, ni qué está pasando.
—Lo sé. Pero recordá que las herramientas que necesitás para encontrar el camino ya las tenés. Son tuyas, el que tiene que usarlas sos vos. Es tu camino para recorrer.
El joven no supo qué responder. Hizo lo único que supo hacer; la besó.
Un beso de un amor antiguo, un amor eterno, extrañado y deseado resbala en el alma; un cuerpo tenso se afloja, un panorama gris se colorea, el frío da paso al calor, y todo vuelve a tener sentido. Un individuo racional diría que es una ilusión y, hasta cierto punto, tiene razón. Pero preguntate esto: ¿si la ilusión transmite la verdad, importa? ¿No es eso la magia?
En ese momento lo entendió.
Era un ser humano que amaba y era amado. ¿Cómo lo pudo haber olvidado? En algún lugar, lejos de ese bosque, le esperaba el amor. Pero no encontraría la salida sin volver a amarse a sí mismo.
El amor es un faro, ilumina nuestro camino, pero solo si lo portamos nosotros. Para estar en sintonía con quienes amás, primero tenés que estar en sintonía contigo mismo.
El joven abre los ojos. Ve todo borroso. Parpadea e intenta de nuevo. La luz casi le ciega, pero está empezando a ver un poco mejor. Le duele todo. Suspira.
Poco a poco se levanta. Se mueve lento, algo aturdido y muy cansado, pero se levanta igual. Estira las piernas primero, después estira todo el cuerpo. Tiene un camino largo por delante. El amor le espera.
Sobre el autor
Alejandro es el jefe de redacción de Lurking Llamas Review y fundador de Lurking Llamas Press. Trabaja tanto en ficción como en no ficción, escribiendo cuentos, novelas y ensayos. Su obra literaria puede encontrarse en Lurking Llamas Review, así como en varios libros publicados por Lurking Llamas Press.
Además de su trabajo literario, Alejandro también se especializa en relaciones internacionales y ciencia política, con énfasis en América Latina. Dirige otra publicación en Substack llamada North/Sur, enfocada en relaciones internacionales y ciencia política.




Me encantó el relato, gracias por compartir!